22 de junio de 2013

CARTA AL EDITOR DEL NEW YORK TIMES


Por Stanley Kubrick

Publicado en el New York Times el 27 de febrero de 1972



“Un liberal alerta –escribe Fred M. Hechinger acerca de mi película La naranja mecánica -, reconocería la voz del fascismo.” Ya no queda nadie que esté tan alerta como Fred M. Hechinger. Un crítico de cine, cuyo trabajo consiste en analizar el contenido real de una película en lugar de entrevistas de segunda mano, no se habría arriesgado a hacer sonar la “alarma liberal” con tanta seguridad como el pedagogo señor Hechinger en su resonante prosa alarmada y discordante.

Mientras la leía, no podía evitar que me viniera a la cabeza la imagen del señor Hechinger, caracterizado como el liberal en orden de batalla, con el semblante serio que solía adoptar Gary Cooper, haciendo el largo camino por la calle principal para enfrentarse al punto culminante de la democracia de Estados Unidos. Mientras, en el saloon Última Oportunidad suena el tema principal, Pregunta qué quieren lo chicos de la barra y diles que yo tomaré lo mismo, aunque la voz en lugar de ser la de la señorita Dietrich parece la de la señorita Kael. Los cinéfilos que estén alerta se darán cuenta de que confundo mis películas. Pero luego a los pedagogos como el señor Hechinger parece no importarles confundir sus metáforas: “En algunos momentos, el oropel del divertimento se guarnecía con toques de realismo de Las uvas de la ira”, ni más ni menos.

Resulta incomprensible que a lo largo de este extenso discurso que anima a los liberales de Estados Unidos a proteger su “derecha” a odiar la ideología que hay detrás de La naranja mecánica, el señor Hechinger no cite ni una sola línea, no se refiera siquiera a una escena y no analice  un solo aspecto de la película. El señor Hechinger se limita a hundirla indiscriminadamente con una “tendencia” que dice observar (“un nihilismo totalitarista profundamente antiliberal”) en varias película actuales. Me pregunto si no será porque en realidad no ha podido encontrar ni una sola prueba interna que justifique esta tendencia amenazante. De lo contrario, no deja de ser extraordinario que pueda ser objeto (la película y yo mismo) de una acusación tan grave en un ejemplo tan borroso y desenfocado de periodismo alarmista.

---------------------

Probablemente Hechinger es bastante sincero con sus sentimientos. Pero lo que el testigo siente, como dijo el juez, no es ninguna prueba, sobre todo ante la acusación de transmitir “la esencia del fascismo”.  “¿No se trata de una lectura poco caritativa de la tesis de la película?”, se pregunta el señor Hechinger en un rapto inusitado, aunque momentáneo, de duda. Me gustaría replicar que se trata de una interpretación irrelevante de la tesis; en realidad, una lectura insensible y trastocada de la tesis que, lejos de abogar por una segunda oportunidad del  fascismo, advierte del nuevo fascismo psicodélico –el condicionamiento alucinante, multimedia, cuadrasónico y orientado a las drogas del ser humano por parte de otros seres-, que muchos creen que provocará la muerte de la ciudadanía humana y el nacimiento de la clase autómata.

-------------------

No deja de ser cierto que la visión del hombre en mis películas es menos halagüeña que la que Rousseau abrigó en una narración similarmente alegórica, aunque, para evitar el fascismo, ¿no deberíamos considerar al hombre como un salvaje noble en lugar de innoble? El hecho de ser pesimista no basta para calificar a alguien de tirano (o eso espero). Al menos el crítico de cine del New York Times, Vincent Canby, no lo cree así. A pesar de rechazar con modestia las teorías de causas iniciales y los efectos duraderos de las películas –una humildad profesional que contrasta fuertemente con la  carencia de la misma el señor Hechinger-, el señor Canby clasificó La naranja mecánica como “un ejemplo superlativo” del tipo de películas que “intenta analizar con seriedad el significado de la violencia y el clima social que la tolera”. Ciertamente no me denunció como un fascista, del mismo modo que un crítico equilibrado que hubiera leído A modest proposal  no se atrevería a acusar a Dean Swift de caníbal.

Anthony Burgess consideró la película “un sermón cristiano” y, para que no se considere una muestra de argumentos especiosos por parte del creador de La naranja mecánica, me gustaría citar a John E. Fitzgerald, en crítico de cine del Catholic News que, lejos de creer que la película muestra al hombre, según la lectura “poco caritativa” del señor Hechinger, como “irrecuperablemente malvado y corrupto”, fue al meollo de la cuestión de una forma que deshonra las insinuaciones maniqueas del señor Hechinger.

Según el señor Fitzgerald: “durante un todo un año hemos recibido dos mensajes contradictorios de dos medios distintos. La prensa ha dicho (en Beyond Freedom & Dignity, de B.F. Skinner) que el hombre no es sino una miríada de reflejos condicionados. En la pantalla, con imágenes más que con palabras, Stanley Kubrick demuestra que el hombre es más que un simple producto de la herencia y/o el entorno. Como dice el clérigo amigo de Alex (un personaje que empieza siendo un bufón lanzando fuego y azufre por la boca y termina siendo el portavoz de la tesis final de la película): “[Alex] deja de ser un criminal, pero también deja de ser una criatura capaz de opción”.”

“La película parecer decir que para alejar a un hombre de su elección, no hay que redimirle, sino moderarle, de lo contrario tendremos una sociedad de naranjas orgánicas pero mecánicas como un reloj. Un lavado de cerebro como este, orgánico y psicológico, es el arma que desearían emplear los totalitaristas del Estado, la Iglesia o la sociedad para lograr fácilmente el bien a costa de los derechos y la dignidad del individuo. La redención es algo complicado y el cambio debe estar motivado desde el interior y no imponerse desde el exterior si queremos defender los valores morales.”

“Utiliza seres como Hitler o Stalin, y la violencia de las inquisiciones, los programas y las purgas para crear un mundo de salvajes innobles”, escribe el señor Henchinger de una forma salvaje e innoble. De este modo, sin citar nada en absoluto de la película, el señor Hechinger parece basar toda su acusación en una cita que se publicó en el New York Times el 30 de enero, donde declaré: “el hombre no es un salvaje noble, sino un salvaje innoble. Es irracional, brutal, débil, estúpido, incapaz de ser objetivo con sus propios intereses […] y el intento de crear instituciones sociales  basadas en una visión falsa de la naturaleza humana está probablemente condenada al fracaso”. Al parecer, por esto el señor Hechinger concluye: “la tesis de que el hombre es irremediablemente malvado y corrupto es la esencia del fascismo”. Y de esta forma realizó un juicio sumarísimo de la película.

El señor Hechinger tiene todo el derecho del mundo a ser optimista en relación con la naturaleza humana, pero ninguno a levantar acusaciones de fascismo contra las personas que no comparten su opinión.

Me pregunto cómo podría reconciliar sus ideas simplistas con la opinión de reconocidos antifascistas de la talla de Arthur Koestler, quien escribió lo siguiente, en su libro The Ghost in the Machine: “el mito de Prometeo ha dado un giro despreciable: el gigante que quiere robar los relámpagos a los dioses está loco […]. Cuando alguien menciona, aunque con tanteo, la hipótesis de que la vena paranoica es  inherente a la condición humana, no tarda en ser acusado de tener una visión de la historia parcial y enfermiza; de estar hipnotizado por los aspectos negativos; de elegir las piedras negras del mosaico y rechazar los logros triunfantes del progreso humano […]. Pero explayarse en la gloria del hombre e ignorar los síntomas de su posible locura no es un signo de optimismo sino del síndrome del avestruz. Sólo puede compararse la actitud de aquel médico jovial que, poco antes de que Van Gogh se suicidara, afirmó que no podía estar loco porque pintaba muy bien”. Me pregunto si estas palabras no harán que el señor Hechinger incluye también al señor Koestler en su lista negra recién estrenada.

A consecuencia de las denuncias histéricas de los autoproclamados “liberales en alerta”, como el señor Hechinger, la causa del liberalismo se debilita, y por la misma razón que tan poco políticos de orientación liberal se arriesgan a hacer afirmaciones realistas acerca de los problemas sociales contemporáneos.

La época de las excusas, en la que nos encontramos, empezó con la primera frase de Emilio o la educación, de Rousseau: “La naturaleza me hizo una persona feliz y buena y, si soy de otro modo, entonces hay que culpar a la sociedad por ello”. Se basa en dos conceptos erróneos: que en su estado natural el hombre es feliz y bueno, y que el hombre primitivo no vivía en sociedad.

Robert Ardrey escribió lo siguiente en The Social Contract: “el principio de organización de la vida de Rousseau era su creencia inquebrantable en la bondad original del hombre, incluido él mismo. Que estas creencias le llevaran a las mayores  hipocresías, como escribe en confesiones, no tiene la menos importancia puesto que digas hipocresías son la evolución lógica de sus presunciones. Pero lo que sí es importante son las desilusiones, el pesimismo y la paranoia a los que pueden inducir estas creencias sobre la naturaleza humana “.

----------------------------

En African Genesis, Ardrey afirma: “El norteamericano idealista es un ambientalista que acepta la doctrina de la nobleza innata del hombre y recurre principalmente a las causas económicas para justificar el infortunio humano. De manera que ahora, en la cúspide del triunfo de Estados Unidos sobre ese antiguo enemigo, la necesidad, se siente preocupado por los conflictos raciales de una amargura cada vez mayor, torturado por la delincuencia juvenil que alcanza cuotas desorbitadas”.

La falacia romántica de Rousseau de que es la sociedad la que corrompe al hombre, no el hombre quien corrompe a la sociedad, nos separa de la realidad con un velo favorecedor. Esta visión de las cosas, para utilizar el marco de referencia del señor Hechinger, reporta grandes beneficios en la taquilla pero,  al final, una ilusión tan exagerada conduce a la desesperación.

La ilustración declaró la independencia racional del hombre de la tiranía de lo Supernatural. Descubrió visiones vertiginosas y espantosas del futuro intelectual y político. Pero antes de que la situación fuera de verdad alarmante, Rousseau sustituyó la religión del ser supernatural por la religión del hombre natural. Dios debe morir. “Larga vida al hombre”. Ardrey continúa: “¿De qué otra forma podría explicarse –excepto como sustituto de la sed religiosa- la influencia de la falta de moderación de la mente racional en la doctrina de la bondad innata?”.  


“La represión del hombre no conduce a su redención.”
S.K./1973 (a Gene Philips)

Finalmente, uno se plantea si la visión del hombre de Rousseau como ángel caído en la realidad no es la más pesimista y desesperada de las filosofías. Deja al hombre como un monstruo que se ha alejado paulatinamente de su nobleza original. Estoy convencido de que es más optimista a estar la visión de Ardrey: “…nacimos del mono erecto, no del ángel caído, y además los monos eran asesinos armados, de manera que ¿de qué nos extrañamos ahora? ¿de nuestros asesinatos y masacres y ejércitos irreconciliables? De nuestros tratados, sea cual sea su mérito; nuestras sinfonías, por poco que se interpreten; nuestras hectáreas pacíficas, por muy a menudo que se conviertan en campos de batalla; nuestros sueños, aunque raramente se hagan realidad. El milagro del hombre no es lo mucho que se ha hundido, sino lo majestuoso que ha resurgido. Entre las estrellas somos conocidos por nuestros poemas, no por nuestros cadáveres”.

No cabe duda de que el señor Hechinger es un hombre educado, pero su escrito me hiere sobre todo por el tono que emplea, el de un hombre preparado que responde a lo que espera encontrar, o a lo que le han explicado, o a lo que ha leído, en lugar de responder a lo que cree que es La naranja mecánica. Quizá deba dejar en la puerta su miríada de reflejos condicionados y volver a ver el filme. Esta vez, con un poco de criterio.




1 comentario:

Camila dijo...

Recuerdo que cuando obtuve por primera vez vuelos baratos para ir a Nueva York, pude conocer el mencionado diario, y a partir de allí, comencé a leerlo a diario a través del portal de internet. Hoy en dia, trato de leer muchos diarios reconocidos de distintas partes del mundo para estar al tanto de las noticias mundiales